Símbolos que nadie entiende.
Entre las mermas dejadas por el intento fallido de suicidio se encontraba el cristal roto de la ventana en la habitación. Cubierto penosamente con líneas horizontales de cinta adhesiva café y papel cartón, intentaban ocultar alarmantes el pequeño desastre que algunos apasionados llevamos en la sangre.
La temporada de aguaceros iniciaba y con cada lluvia tenue, de las que se acostumbran en el desierto, el remedo de cristal a base de cartón y adhesivo comenzó a ceder. Comenzó a colgar fútil, a mecer con el viento sus colores opacos de sol, a simplemente recordar el hueco incidente, a lucir idiota como todo aquel evento.
Por fin cayó, se fue hasta el suelo de la habitación para luego avanzar con el impulso del viento, casi poseso. Las cortinas flotaron dejando entrever un cielo que oscurecía y brillaba entre centellas.
La ventana estaba rota, la ventana no tenía cristal y nadie lo recordaba. La ventana era sólo un burdo hueco de picudos triángulos y justo, una bocanada de aire fresco entraba de golpe. Todo se tornó lúcido, todo tenía una razón de ser. Era un hueco perfecto, era la perfecta ausencia, la retención, el pasado. Era la justa imagen de la huída.